el santo padre francisco
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viernes, 22 de agosto de 2014
1 de noviembre de 2013 - SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS - Palabras del Papa Francisco
A esta hora, antes del atardecer, en este cementerio nos recogemos y pensamos en nuestro futuro, pensamos en todos aquellos que se han ido, que nos han precedido en la vida y están en el Señor.
Es muy bella la visión del Cielo que hemos escuchado en la primera lectura: el Señor Dios, la belleza, la bondad, la verdad, la ternura, el amor pleno. Nos espera todo esto. Quienes nos precedieron y están muertos en el Señor están allí. Ellos proclaman que fueron salvados no por sus obras —también hicieron obras buenas— sino que fueron salvados por el Señor: «La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero» (Ap 7, 10). Es Él quien nos salva, es Él quien al final de nuestra vida nos lleva de la mano como un papá, precisamente a ese Cielo donde están nuestros antepasados. Uno de los ancianos hace una pregunta: «Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?» (v. 13). ¿Quiénes son estos justos, estos santos que están en el Cielo? La respuesta: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero» (v. 14).
En el Cielo podemos entrar sólo gracias a la sangre del Cordero, gracias a la sangre de Cristo. Es precisamente la sangre de Cristo la que nos justificó, nos abrió las puertas del Cielo. Y si hoy recordamos a estos hermanos y hermanas nuestros que nos precedieron en la vida y están en el Cielo, es porque ellos fueron lavados por la sangre de Cristo. Esta es nuestra esperanza: la esperanza de la sangre de Cristo. Una esperanza que no defrauda. Si caminamos en la vida con el Señor, Él no decepciona jamás.
Hemos escuchado en la segunda Lectura lo que el apóstol Juan decía a sus discípulos: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce... Somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3, 1-2). Ver a Dios, ser semejantes a Dios: ésta es nuestra esperanza. Y hoy, precisamente en el día de los santos y antes del día de los muertos, es necesario pensar un poco en la esperanza: esta esperanza que nos acompaña en la vida. Los primeros cristianos pintaban la esperanza con un ancla, como si la vida fuese el ancla lanzada a la orilla del Cielo y todos nosotros en camino hacia esa orilla, agarrados a la cuerda del ancla. Es una hermosa imagen de la esperanza: tener el corazón anclado allí donde están nuestros antepasados, donde están los santos, donde está Jesús, donde está Dios. Esta es la esperanza que no decepciona; hoy y mañana son días de esperanza.
La esperanza es un poco como la levadura, que ensancha el alma; hay momentos difíciles en la vida, pero con la esperanza el alma sigue adelante y mira a lo que nos espera. Hoy es un día de esperanza. Nuestros hermanos y hermanas están en la presencia de Dios y también nosotros estaremos allí, por pura gracia del Señor, si caminamos por la senda de Jesús. Concluye el apóstol Juan: «Todo el que tiene esta esperanza en Él se purifica a sí mismo» (v.3). También la esperanza nos purifica, nos aligera; esta purificación en la esperanza en Jesucristo nos hace ir de prisa, con prontitud. En este pre-atarceder de hoy, cada uno de nosotros puede pensar en el ocaso de su vida: «¿Cómo será mi ocaso?». Todos nosotros tendremos un ocaso, todos. ¿Lo miro con esperanza? ¿Lo miro con la alegría de ser acogido por el Señor? Esto es un pensamiento cristiano, que nos da paz. Hoy es un día de alegría, pero de una alegría serena, tranquila, de la alegría de la paz. Pensemos en el ocaso de tantos hermanos y hermanas que nos precedieron, pensemos en nuestro ocaso, cuando llegará. Y pensemos en nuestro corazón y preguntémonos: «¿Dónde está anclado mi corazón?». Si no estuviese bien anclado, anclémoslo allá, en esa orilla, sabiendo que la esperanza no defrauda porque el Señor Jesús no decepciona.
* * *
Al término de la celebración, tras la oración por los difuntos, el Papa agregó las siguientes palabras.
Desearía rezar también de modo especial por nuestros hermanos y nuestras hermanas que murieron en estos días mientras buscaban una liberación, una vida más digna. Hemos visto las imágenes, la crueldad del desierto, hemos visto el mar donde muchos se ahogaron. Recemos por ellos. Y recemos también por quienes se salvaron y en este momento están en muchos sitios de acogida, amontonados, esperando que los trámites legales se agilicen para poder ir a otro lugar, más cómodos, a otros centros de acogida.
31 de octubre de 2013 - Obispo rumano asesinado por el comunismo será beato
El Papa Francisco recibió este 31 de octubre al Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, Cardenal Angelo Amato, y autorizó la promulgación de los decretos sobre el reconocimiento del martirio de Mons. Antonio Durcovici, Obispo de Iasi (Rumania), asesinado por odio a la fe en 1951 durante el régimen comunista rumano; y las virtudes heroicas de tres religiosas.
Mons. Antonio Durcovici, que ya había pasado dos años en un campo de concentración en Moldavia durante la Primera Guerra Mundial, hizo caso omiso a las amenazas del régimen comunista y comenzó a visitar las parroquias de su diócesis anunciando a todos el Evangelio del amor y de la libertad en Cristo.
Esto le valió ser arrestado en 1949 y encerrado en la prisión de Sighet, la más dura y severa del país, donde murió en 1951 a los 63 años. De sus sufrimientos en la cárcel, no queda rastro alguno, pues el régimen borró todo recuerdo de la memoria, como así ocurrió también para muchos otros mártires de la Iglesia del silencio.
Tres nuevas Siervas de Dios
El Papa también autorizó la promulgación de los decretos que reconocen las virtudes heroicas de tres religiosas. La primera es la hermana Onoria Nagle, conocida con el sobrenombre de "Nano", religiosa irlandesa de 1700, fundadora de la Congregación de las Hermanas de la Presentación de la Santísima Virgen María, comprometida en el cuidado y la educación de los pobres y los jóvenes.
Luego está la hermana Celestina Bottego, fundadora de la Sociedad Misionera de María, que nació en Glendale (Ohio, Estados Undos) en 1895 y murió en San Lazzaro de Parma en 1980. No quiso fundar ninguna congregación porque se creía "más llevada a estropear que a crear las obras de Dios" y ella en cambio quería solo hacer "los intereses de Jesús". Pero Dios dispuso de otra manera, por lo que dedicó toda su vida a estar en medio de los últimos, los ex encarcelados, nómadas y desposeídos.
La otra religiosa declarada Venerable es la hermana Olga de la Madre de Dios, religiosa de la Congregación de las Hijas de la Iglesia, nacida en la provincia de Vicenza, en 1910. Murió en Venecia en 1943. Vivió en particular, el ideal místico contemplativo de la adoración eucarística y del servicio apostólico en la parroquia. Se dice de ella que no hizo nada extraordinario, pero que vivió a diario con profunda fe y amor genuino.
30 de octubre de 2013 - La comunión de lo santos
El encuentro semanal del Papa con los miles de fieles y peregrinos en la Plaza de San Pedro, estuvo marcado por la catequesis de Francisco dedicada a la “comunión de los santos”: una gran familia, nos recordó el Pontífice, donde todos los miembros se ayudan y se sostienen entre sí.
El Papa Francisco desveló durante la catequesis de la audiencia general de los miércoles en la plaza de San Pedro que también él, "como todos", tuvo dudas en el camino de la fe.
"Todos hemos experimentado la sensación de estar perdidos, de tener dudas e inseguridades. ¿Quién no los ha tenido en su camino de la fe?. También yo. Y esto forma parte de este camino y no nos tiene que sorprender porque somos seres humanos, marcados por la fragilidad y limitaciones", dijo el papa argentino.
El papa hizo esta reflexión tras explicar la expresión "comunión de los santos" que, según dijo, tiene dos significados relacionados: "La comunión en las cosas santas y entre las personas santas" y también que existe una comunión de vida entre los que creen en Cristo y se incorporaron a Él en la Iglesia por el bautismo.
"Nuestra fe necesita el apoyo de los demás, especialmente en tiempos difíciles. Y si estamos unidos, la fe es fuerte. ¡Qué hermoso es para apoyarse mutuamente en la aventura de la fe!", agregó el Papa ante los cerca de 50.000 fieles que abarrotaron como cada miércoles la plaza de San Pedro.
"Sin embargo -continuó- en estos tiempos difíciles hay que confiar en Dios, a través de la oración, y al mismo tiempo, es importante encontrar el valor y la humildad para estar abierto a los demás en busca de ayuda y pedir una mano"
Antes de celebrar la audiencia y en medio de su recorrida por la Plaza de San Pedro, el papa Francisco frenó su papamóvil para compartir un mate que le tendió un peregrino.
El Obispo de Roma insistió asimismo en que la “comunión de los santos”, gracias a la Resurrección de Cristo, establece un vínculo profundo e indisoluble entre los que peregrinan en la tierra, las almas del Purgatorio y los que gozan de la bienaventuranza celeste, en la que “nos unimos como Iglesia, que encuentra en la oración de intercesión la forma más alta de solidaridad”.
26 de octubre de 2013 - El discurso completo del Papa en la Jornada Mundial de la Familia
Queridas familas, ¡'buona sera' y bienvenidas a Roma!
Han venido aquí como peregrinos desde muchas partes del mundo, para profesar la fe delante del la tumba de San Pedro. Esta plaza les acoge y abraza: somos un sólo pueblo, con una sola alma, convocados por el Señor, que nos ama y sostiene. Saludo también a todas las familias que están unidas a través de la televisión y de internet: una plaza que se extiende sin confines.
Quisieron llamar a este momento “¡La familia vive la alegría de la fe!”. ¡Me gusta este título! He escuchado las experiencias de ustedes, los casos que han contado. Vi tantos niños, tantos abuelos... Sentí la tristeza de las familias que viven en situación de pobreza y de guerra. He oído a los jóvenes que se quieren casar, aún entre mil dificultades. Y entonces nos preguntamos: ¿Cómo es posible, hoy, vivir la alegría de la fe en familia? ¿Es posible o no es posible vivir esta alegría?
En el evangelio de Mateo, hay una palabra de Jesús que nos ayuda: 'Venid a mí todos los que están cansados y oprimidos, que yo les aliviaré'. Muchas veces la vida es pesada y tantas veces trágica, lo hemos apenas escuchado. Trabajar es fatigoso; buscar trabajo es fatiga y encontrar trabajo hoy nos pide tanta fatiga.
Pero, aquello que más pesa en la vida, no es esto, lo que más pesa es la falta de amor. Pesa no recibir una sonrisa, no ser acogidos. Pesan ciertos silencios, a veces aún en familia, entre marido y esposa, entre padres e hijos, entre hermanos. Sin amor, el cansancio se hace más pesado. Pienso en los ancianos solos, a las familias en dificultad porque no tienen ayuda para sostener a quienes en casa precisan de especiales atenciones y cuidados. 'Venid a Mí todos los que están cansados y oprimidos', dice Jesús.
Queridas familias, el Señor conoce nuestros cansancios, los conoce y los pesos de nuestra vida. Pero conoce también nuestro deseo profundo de hallar la alegría del alivio. ¿Se acuerdan? Jesús dijo: 'Vuestra alegría sea plena'. Jesús quiere que nuestra alegría sea plena.
Lo dijo a los apóstoles, y hoy lo repite a todos nosotros. Así, esta es la primera cosa que quiero compartir con ustedes en esta tarde, y es una palabra de Jesús: 'Venid a mi, familias de todo el mundo --dice Jesús-- y yo les aliviaré para que vuestra alegría sea completa'.
Y esta palabra de Jesús llévenla a casa, en el corazón, compártanla en familia, él nos invita a ir hacia él para darnos a todos la alegría.
La segunda palabra, la tomo del rito del matrimonio. En este sacramento, quien se casa dice: 'Prometo serte fiel, amarte y respetarte, en la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, y de honrarte y amarte todos los días de nuestra vida'. En aquel momento, los esposos no saben qué sucederá, no saben cuáles son las alegrías y las tristezas que les esperan. Parten, como Abrahan; se ponen juntos en camino. Esto es el matrimonio, partir y caminar juntos, de manos dadas, entregándose en la mano grande del Señor. Mano en la mano por toda la vida y sin hacer caso de esta cultura de lo provisorio que nos corta la vida a pedazos.
Con esta confianza en la fidelidad de Dios, todo se enfrenta, sin miedo, con responsabilidad. Los esposos cristianos no son ingenuos, conocen los problemas y los peligros de la vida. Pero no tienen miedo de asumir la propia responsabilidad, delante de Dios y de la sociedad. Sin huir ni aislarse, sin renunciar a la misión de formar una familia y traer al mundo hijos.
Pero hoy, santo padre, es difícil. ¡Seguro que es difícil! ¡Por eso, es necesaria la gracia del sacramento! ¡Los sacramentos no sirven para decorar la vida; ¡que lindo matrimonio, que linda la ceremonia, que linda la fiesta! Eso no es la gracia del sacramento, eso es una decoración y la gracia no es para decorar la vida pero para hacernos fuertes en la vida, para hacernos corajosos y poder ir adelante! Sin aislarse, siempre juntos.
Los cristianos se casan sacramentalmente, porque son conscientes que necesitan el sacramento. Necesitan a este para vivir unidos entre sí y cumplir la misión de padres. 'En la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad'. Así dicen los esposos en el matrimonio y rezan juntos y con la comunidad, ¿por qué? Solamente porque es costumbre hacerlo así? No, lo hacen, porque les sirve para el largo viaje que deben hacer juntos, no a tramos, necesitan de la ayuda de Jesús, para caminar juntos con confianza, para acogerse uno al otro cada día y perdonarse cada día.
Y esto es importante en las familias, saber perdonarse, porque todos nosotros tenemos defectos, todos y a veces hacemos cosas que no son buenas y le hacen mal a los otros. Tener el coraje de pedir perdón en familia cuando nos equivocamos. Hace pocas semanas atrás recordé en esta plaza que para llevar adelante una familia es necesario usar tres palabras, quiero repetirlo, tres palabras: permiso, gracias y perdón. Tres palabras claves.
Pidamos permiso para no ser invasores. En familia: ¿Puedo hacer esto, te gusta que haga esto? El leguaje del permiso. Demos gracias, gracias por el amor, pero dime tú, cuántas veces al día le dices gracias a tu mujer o a tu marido? Cuántos días pasan sin decir esta palabra: gracias.
Y todos nos equivocamos, y a veces alguno se ofende en la familia, o en el matrimonio. A veces, digo, vuelan los platos, se dicen palabras fuertes, pero escuchen este consejo: no terminen la jornada sin hacer la paz, cada día. Disculpa y se recomienza. Permiso, gracias, perdón. ¿Lo decimos juntos?: Permiso, gracias, disculpa, usemos estas tres palabras en familia, perdonarse cada día.
En la vida, la familia experimenta muchos momentos hermosos: el descanso, la comida juntos, el paseo hasta al parque o por los campos, la visita a los abuelos, o a una persona enferma... Pero, si falta el amor, faltará la alegría, faltará la fiesta. Porque el amor nos lo da siempre Jesús: él es la fuente inagotable y se da a nosotros en la Eucaristía. Allí en el sacramento, Jesús nos da su palabra y el pan de la vida, para que nuestra alegría sea completa.
Y para concluir, está aquí delante de nosotros, este ícono de la presentación de Jesús en el templo. Es un ícono verdaderamente bello e importante. Contemplémoslo y dejémonos ayudar por esta imagen. Como todos ustedes, también los protagonistas de la escena tienen su camino: María y José se pusieron en camino, yendo como peregrinos a Jerusalén, obedeciendo a la ley del Señor; y también el viejo Simeon y la profetisa Ana, también ella muy anciana, van al templo impelidos por el Espíritu Santo. La escena nos muestra este entrecruzarse de tres generaciones: el entrelazarse de tres generaciones,
Simeon toma en los brazos al niño Jesús, en quien reconoce al Mesías, y Ana es representada en el gesto de alabar a Dios y anunciar la salvación a quien esperaba la redención de Israel. Estos dos ancianos representan la fe como memoria.
Y les pregunto: ¿Ustedes escuchan a los abuelos?, ¿le abren el corazón a la memoria que nos dan los abuelos? Los abuelos son la sabiduría de la familia, la sabiduría de un pueblo, y un pueblo que no escucha a los abuelos es un pueblo que muere. Hay que scuchar a los abuelos.
María y José son la familia santificada por la presencia de Jesús que es el cumplimiento de todas las promesas. Cada familia, como la de Nazaret está insertada en la historia de un pueblo y no puede existir sin las generaciones anteriores. Y por ello tenemos aquí a los abuelos, los abuelos, y los niños. Los niños aprenden de los abuelos y de las generaciones anteriores.
Queridas familias, también ustedes son parte del pueblo de Dios. Caminen felices, juntamente con este pueblo. Permanezcan siempre unidas a Jesús y llévenlo a todos con vuestro testimonio. Gracias por haber venido. Juntos, hagamos nuestras estas palabras de san Pedro, que nos dan fuerza y continuarán a darnos fuerza en los momentos difíciles: '¿Señor, de quién iremos? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!'. ¡Con la gracia de Cristo, vivan la alegría de la fe! ¡El Señor les bendiga y María, nuestra Madre, les proteja y acompañe!
25 de octubre de 2013 - DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS PARTICIPANTES EN LA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA FAMILIA
Señores cardenales,
queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:
Os doy la bienvenida con ocasión de la XXI Asamblea plenaria y doy las gracias al presidente, monseñor Vincenzo Paglia, por las palabras con las que ha introducido nuestro encuentro. Gracias.
El primer punto sobre el que desearía detenerme es éste: la familia es una comunidad de vida que tiene una consistencia autónoma propia. Como escribió el beato Juan Pablo II en la exhortación apostólica Familiaris consortio, la familia no es la suma de las personas que la constituyen, sino una «comunidad de personas» (cf. nn. 17-18). Y una comunidad es más que la suma de las personas. Es el lugar donde se aprende a amar, el centro natural de la vida humana. Está hecha de rostros, de personas que aman, dialogan, se sacrifican por los demás y defienden la vida, sobre todo la más frágil, más débil. Se podría decir, sin exagerar, que la familia es el motor del mundo y de la historia. Cada uno de nosotros construye la propia personalidad en la familia, creciendo con la mamá y el papá, los hermanos y las hermanas, respirando el calor de la casa. La familia es el lugar donde recibimos el nombre, es el lugar de los afectos, el espacio de la intimidad, donde se aprende el arte del diálogo y de la comunicación interpersonal. En la familia la persona toma conciencia de la propia dignidad y, especialmente si la educación es cristiana, reconoce la dignidad de cada persona, de modo particular de la enferma, débil, marginada.
Todo esto es la comunidad-familia, que pide ser reconocida como tal, más aún hoy, cuando prevalece la tutela de los derechos individuales. Y debemos defender el derecho de esta comunidad: la familia. Por esto habéis hecho bien en poner una atención particular en la Carta de los derechos de la familia, presentada justamente hace treinta años, el 22 de octubre del '83.
Vamos al segundo punto —se dice que los jesuitas hablamos siempre en tres puntos: uno, dos, tres. Segundo punto: la familia se funda en el matrimonio. A través de un acto de amor libre y fiel, los esposos cristianos testimonian que el matrimonio, en cuanto sacramento, es la base sobre la que se funda la familia y hace más sólida la unión de los cónyuges y su donación recíproca. El matrimonio es como si fuera un primer sacramento del humano, donde la persona se descubre a sí misma, se auto-comprende en relación con los demás y en relación con el amor que es capaz de recibir y de dar. El amor esponsal y familiar revela también claramente la vocación de la persona a amar de modo único y para siempre, y que las pruebas, los sacrificios y las crisis de la pareja como de la propia familia representan pasos para crecer en el bien, en la verdad y en la belleza. En el matrimonio la donación es completa, sin cálculos ni reservas, compartiendo todo, dones y renuncias, confiando en la Providencia de Dios. Es ésta la experiencia que los jóvenes pueden aprender de los padres y de los abuelos. Es una experiencia de fe en Dios y de confianza recíproca, de libertad profunda, de santidad, porque la santidad supone donarse con fidelidad y sacrificio cada día de la vida. Pero hay problemas en el matrimonio. Siempre distintos puntos de vistas, celos, se pelea. Pero hay que decir a los jóvenes esposos que jamás acaben la jornada sin hacer las paces entre ellos. El Sacramento del matrimonio se renueva en este acto de paz tras una discusión, un malentendido, unos celos escondidos, también un pecado. Hacer la paz que da unidad a la familia; y esto decirlo a los jóvenes, a las jóvenes parejas, que no es fácil ir por este camino, pero es muy bello este camino, muy bello. Hay que decirlo.
Quisiera ahora hacer al menos una alusión a dos fases de la vida familiar: la infancia y la vejez. Niños y ancianos representan los dos polos de la vida y también los más vulnerables, frecuentemente los más olvidados. Cuando yo confieso a un hombre o a una mujer casados, jóvenes, y en la confesión sale algo referido al hijo o a la hija, yo pregunto: ¿pero cuántos hijos tiene usted? Y me dicen, tal vez esperan otra pregunta después de ésta. Pero yo siempre hago esta segunda pregunta: Y dígame, señor o señora, ¿usted juega con sus hijos? —¿Cómo, padre?— ¿Usted pierde tiempo con sus hijos? ¿Usted juega con sus hijos? —Pues no, ya sabe usted, cuando salgo de casa por la mañana —me dice el hombre— todavía duermen y cuando regreso están en la cama. También la gratuidad, esa gratuidad del papá y de la mamá con los hijos, es muy importante: «perder tiempo» con los hijos, jugar con los hijos. Una sociedad que abandona a los niños y que margina a los ancianos corta sus raíces y oscurece su futuro. Y vosotros hacéis la valoración sobre qué hace esta cultura nuestra hoy, ¿no? Con esto. Cada vez que un niño es abandonado y un anciano marginado, se realiza no sólo un acto de injusticia, sino que se ratifica también el fracaso de esa sociedad. Ocuparse de los pequeños y de los ancianos es una elección de civilización. Y es también el futuro, porque los pequeños, los niños, los jóvenes llevarán adelante esa sociedad con su fuerza, su juventud, y los ancianos la llevarán adelante con su sabiduría, su memoria, que nos deben dar a todos nosotros.
Y me da alegría que el Consejo pontificio para la familia haya ideado esta nueva imagen de la familia, que retoma la escena de la Presentación de Jesús en el templo, con María y José que llevan al Niño, para cumplir la Ley, y a los dos ancianos Simeón y Ana, que, movidos por el Espíritu, le acogen como el Salvador. Es significativo el título del icono: «De generación en generación se extiende su misericordia». La Iglesia que atiende a los niños y a los ancianos se convierte en la madre de las generaciones de los creyentes y, al mismo tiempo, sirve a la sociedad humana para que un espíritu de amor, de familiaridad y de solidaridad ayude a todos a redescubrir la paternidad y la maternidad de Dios. Y me gusta, cuando leo este pasaje del Evangelio, pensar en que los jóvenes, José y María, también el Niño, hacen todo lo que la Ley dice. Cuatro veces lo dice san Lucas: para cumplir la Ley. Son obedientes a la Ley, ¡los jóvenes! Y los dos ancianos, hacen ruido. Simeón inventa en aquel momento una liturgia propia y alaba, las alabanzas a Dios. Y la ancianita va y charla, predica con las charlas: «¡Miradle!». ¡Qué libres son! Y tres veces de los ancianos se dice que son conducidos por el Espíritu Santo. Los jóvenes por la Ley, estos por el Espíritu Santo. Mirar a los ancianos que tienen este espíritu dentro, ¡escucharles!
La «buena noticia» de la familia es una parte muy importante de la evangelización, que los cristianos pueden comunicar a todos, con el testimonio de la vida; y ya lo hacen, esto es evidente en las sociedades secularizadas: las familias verdaderamente cristianas se reconocen por la fidelidad, por la paciencia, por la apertura a la vida, por el respeto a los ancianos... El secreto de todo esto es la presencia de Jesús en la familia. Propongamos por lo tanto a todos, con respeto y valentía, la belleza del matrimonio y de la familia iluminados por el Evangelio. Y por esto nos acercamos con atención y afecto a las familias en dificultades, a las que están obligadas a dejar su tierra, que están partidas, que no tienen casa o trabajo, o por muchos motivos están sufriendo; a los cónyuges en crisis y a los ya separados. A todos queremos estarles cerca con el anuncio de este Evangelio de la familia, de esta belleza de la familia.
Queridos amigos, los trabajos de vuestra Plenaria pueden ser una contribución preciosa en vista del próximo Sínodo extraordinario de los obispos, que estará dedicado a la familia. También por esto os doy las gracias. Os encomiendo a la Sagrada Familia de Nazaret y de corazón os doy mi bendición.
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