el santo padre francisco
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viernes, 22 de agosto de 2014
13 de octubre de 2013 - El Papa consagra el mundo al Inmaculado Corazón de María
Al presidir la Misa en la que consagró al mundo entero al Inmaculado Corazón de la Virgen María, junto a más de cien mil fieles reunidos en torno a la imagen original de la Virgen de Fátima en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco subrayó que “la fe es fidelidad definitiva, como aquella de María”.
“Y yo me pregunto: ¿Soy un cristiano a ratos o soy siempre cristiano? La cultura de lo provisional, de lo relativo entra también en la vida de fe. Dios nos pide que le seamos fieles cada día, en las cosas ordinarias”, indicó.
El Santo Padre señaló que “a pesar de que a veces no somos fieles, Él siempre es fiel y con su misericordia no se cansa de tendernos la mano para levantarnos, para animarnos a retomar el camino, a volver a Él y confesarle nuestra debilidad para que Él nos dé su fuerza”.
“Es éste el camino definitivo, siempre con el Señor, también en nuestras debilidades, también en nuestros pecados. Jamás caminar sobre el camino de lo provisional. Esto sí mata. La fe es fidelidad definitiva, como aquella de María”.
Francisco dijo que “hoy nos encontramos ante una de esas maravillas del Señor: ¡María! Una criatura humilde y débil como nosotros, elegida para ser Madre de Dios, Madre de su Creador”.
“Precisamente mirando a María a la luz de las lecturas que hemos escuchado, me gustaría reflexionar con ustedes sobre tres puntos: primero, Dios nos sorprende, segundo, Dios nos pide fidelidad, tercero, Dios es nuestra fuerza”.
Al referirse al primer punto, “Dios nos sorprende”, el Papa aseguró que “Dios nos sorprende; precisamente en la pobreza, en la debilidad, en la humildad es donde se manifiesta y nos da su amor que nos salva, nos cura y nos fortalece. Sólo pide que sigamos su palabra y nos fiemos de Él”.
“Ésta es también la experiencia de la Virgen María: ante el anuncio del Ángel, no oculta su asombro. Es el asombro de ver que Dios, para hacerse hombre, la ha elegido precisamente a Ella, una sencilla muchacha de Nazaret, que no vive en los palacios del poder y de la riqueza, que no ha hecho cosas extraordinarias, pero que está abierta a Dios, se fía de Él, aunque no lo comprenda del todo: ‘He aquí la esclava el Señor, hágase en mí según tu palabra’. Es su respuesta”.
El Papa indicó que “Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas, pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: Fíate de mí, no tengas miedo, déjate sorprender, sal de ti mismo y sígueme”.
“Preguntémonos hoy todos nosotros si tenemos miedo de lo que el Señor pudiera pedirnos o de lo que nos está pidiendo. ¿Me dejo sorprender por Dios, como hizo María, o me cierro en mis seguridades, seguridades materiales, seguridades intelectuales, seguridades ideológicas, seguirdades de mis proyectos? ¿Dejo entrar a Dios verdaderamente en mi vida? ¿Cómo le respondo?”.
Francisco reflexionó luego sobre el segundo punto, “acordarse siempre de Cristo, la memoria de Jesucristo, y esto es perseverar en la fe”.
“Dios nos sorprende con su amor, pero nos pide que le sigamos fielmente. Pensemos cuántas veces nos hemos entusiasmado con una cosa, con un proyecto, con una tarea, pero después, ante las primeras dificultades, hemos tirado la toalla”.
“A menudo es fácil decir ‘sí’, pero después no se consigue repetir este ‘sí’ cada día. No se consigue a ser fieles”, lamentó.
El Papa señaló que “María ha dicho su ‘sí’ a Dios, un ‘sí’ que ha cambiado su humilde existencia de Nazaret, pero no ha sido el único, más bien ha sido el primero de otros muchos ‘sí’ pronunciados en su corazón tanto en los momentos gozosos como en los dolorosos”.
“Todos estos ‘sí’ culminaron en el pronunciado bajo la Cruz. Hoy, aquí hay muchas madres; piensen hasta qué punto ha llegado la fidelidad de María a Dios: hasta ver a su Hijo único en la Cruz. La mujer fiel, de pie, destruida dentro, pero fiel y fuerte”.
Al abordar “el último punto: Dios es nuestra fuerza”, el Santo Padre indicó que “pienso en los diez leprosos del Evangelio curados por Jesús: salen a su encuentro, se detienen a lo lejos y le dicen a gritos: ‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’. Están enfermos, necesitados de amor y de fuerza, y buscan a alguien que los cure. Y Jesús responde liberándolos a todos de su enfermedad”.
“Llama la atención, sin embargo, que solamente uno regrese alabando a Dios a grandes gritos y dando gracias. Jesús mismo lo indica: diez han dado gritos para alcanzar la curación y uno solo ha vuelto a dar gracias a Dios a gritos y reconocer que en Él está nuestra fuerza. Saber agradecer, dar gloria a Dios por lo que hace por nosotros”.
Francisco pidió que “miremos a María: después de la Anunciación, lo primero que hace es un gesto de caridad hacia su anciana pariente Isabel; y las primeras palabras que pronuncia son: ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor’, o sea, un cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios no sólo por lo que ha hecho en Ella, sino por lo que ha hecho en toda la historia de salvación. Todo es don suyo”.
“Si nosotros podemos entender que todo es don de Dios, ¡cuánta felicidad hay en nuestro corazón! Todo es don suyo ¡Él es nuestra fuerza! ¡Decir gracias es tan fácil, y sin embargo tan difícil!”.
El Papa preguntó luego “¿cuántas veces nos decimos gracias en la familia? Es una de las palabras claves de la convivencia. ‘Permiso’, ‘disculpa’, ‘gracias’: si en una familia se dicen estas tres palabras, la familia va adelante”.
“¿Cuántas veces decimos ‘gracias’ en familia? ¿Cuántas veces damos las gracias a quien nos ayuda, se acerca a nosotros, nos acompaña en la vida? ¡Muchas veces damos todo por descontado! Y así hacemos también con Dios. Es fácil dirigirse al Señor para pedirle algo, pero ir a agradecerle: ‘Uy, no me dan ganas’”.
Al concluir su homilía, el Papa invocó “la intercesión de María para que nos ayude a dejarnos sorprender por Dios sin oponer resistencia, a ser hijos fieles cada día, a alabarlo y darle gracias porque Él es nuestra fuerza. Amén”.
Concluida la Misa, el Papa Francisco leyó el acto de Consagración del mundo a Nuestra Señora de Fátima: "Nuestra Señora de Fátima, con renovada gratitud por tu presencia materna, unimos nuestra voz a la de todas las generaciones que te dicen beata".
“Custodia nuestra vida en sus brazos", pidió el Papa.
Esta es la oración de consagración que rezó el Papa ante la imagen de la Virgen de Fátima:
Bienaventurada María, Virgen de Fátima,
con renovada gratitud por tu presencia materna
unimos nuestra voz a la de todas las generaciones
que te llaman bienaventurada.
Celebramos en ti las grandes obras de Dios,
que nunca se cansa de inclinarse
con misericordia sobre la humanidad afligida por el mal
y herida por el pecado, para sanarla y salvarla.
Acoge con benevolencia de madre
el acto por el nos ponemos hoy bajo tu protección
con confianza, ante esta tu imagen
tan querida por todos nosotros.
Estamos seguros que cada uno de nosotros es precioso a tus ojos
y que nada te es ajeno de todo lo que habita en nuestros corazones.
Nos dejamos alcanzar por tu dulcísima mirada
y recibimos la caricia consoladora de tu sonrisa.
Protege nuestra vida entre tus brazos:
bendice y refuerza cada deseo de bien; reaviva y alimenta la fe;
sostén e ilumina la esperanza; suscita y anima la caridad;
guíanos a todos nosotros en el camino de la santidad.
Enséñanos tu mismo amor de predilección hacia los pequeños y los pobres,
hacia los excluidos y los que sufren, por los pecadores
y por los que tienen el corazón perdido:
reúne a todos bajo tu protección y a todos entrégales
a tu Hijo dilecto, el Señor Nuestro, Jesús.
Amén.
12 de octubre de 2013 - Papa Francisco: María siempre nos lleva a Jesús
Con ocasión de la Jornada Mariana, el Papa Francisco realizó hoy una catequesis frente a la multitud congregada en la Plaza de San Pedro, contando con la presencia de la imagen original de la Virgen de Fátima, en la que señaló que “María siempre nos lleva a Jesús. Es una mujer de fe, una verdadera creyente”.
El Santo Padre destacó tres elementos para responder a la interrogante “¿cómo es la fe de María”.
“El primer elemento de su fe es éste: La fe de María desata el nudo del pecado. ¿Qué significa esto? Los Padres conciliares han tomado una expresión de san Ireneo que dice así: ‘El nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe, lo desató la Virgen María por su fe’”.
El Papa explicó que “cuando un niño desobedece a su madre o a su padre, podríamos decir que se forma un pequeño ‘nudo’. Esto sucede si el niño actúa dándose cuenta de lo que hace, especialmente si hay de por medio una mentira; en ese momento no se fía de la mamá o del papá. ¡Cuántas veces pasa esto!”.
“Entonces, la relación con los padres necesita ser limpiada de esta falta y, de hecho, se pide perdón para que haya de nuevo armonía y confianza”.
Francisco indicó que “algo parecido ocurre en nuestras relaciones con Dios. Cuando no lo escuchamos, no seguimos su voluntad, cometemos actos concretos en los que mostramos falta de confianza en él – y esto es pecado –, se forma como un nudo en nuestra interioridad”.
“Pero para la misericordia de Dios nada es imposible. Hasta los nudos más enredados se deshacen con su gracia. Y María, que con su ‘sí’ ha abierto la puerta a Dios para deshacer el nudo de la antigua desobediencia, es la madre que con paciencia y ternura nos lleva a Dios, para que él desate los nudos de nuestra alma con su misericordia de Padre”.
“Podríamos preguntarnos: ¿Cuáles son los nudos que hay en mi vida? ¿Pido a María que me ayude a tener confianza en la misericordia de Dios para cambiar?”.
El segundo elemento, dijo el Papa, es que “la fe de María da carne humana a Jesús”. “Este es un punto sobre el que los Padres de la Iglesia han insistido mucho: María ha concebido a Jesús en la fe, y después en la carne, cuando ha dicho ‘sí’ al anuncio que Dios le ha dirigido mediante el ángel. ¿Qué quiere decir esto? Que Dios no ha querido hacerse hombre ignorando nuestra libertad, ha querido pasar a través del libre consentimiento de María, de su ‘sí’”.
El Papa señaló que “lo que ha ocurrido en la Virgen Madre de manera única, también nos sucede a nosotros a nivel espiritual cuando acogemos la Palabra de Dios con corazón bueno y sincero y la ponemos en práctica. Es como si Dios adquiriera carne en nosotros. Él viene a habitar en nosotros, porque toma morada en aquellos que le aman y cumplen su Palabra”.
“¿Somos conscientes de esto? ¿O tal vez pensamos que la encarnación de Jesús es sólo algo del pasado, que no nos concierne personalmente?”, cuestionó.
“Creer en Jesús significa ofrecerle nuestra carne, con la humildad y el valor de María, para que él pueda seguir habitando en medio de los hombres; significa ofrecerle nuestras manos para acariciar a los pequeños y a los pobres; nuestros pies para salir al encuentro de los hermanos; nuestros brazos para sostener a quien es débil y para trabajar en la viña del Señor; nuestra mente para pensar y hacer proyectos a la luz del Evangelio; y, sobre todo, nuestro corazón para amar y tomar decisiones según la voluntad de Dios. Todo esto acontece gracias a la acción del Espíritu Santo. Dejémonos guiar por él”.
El tercer y último elemento sobre el que reflexionó el Papa “es la fe de María como camino. El Concilio afirma que María ‘avanzó en la peregrinación de la fe’. Por eso ella nos precede en esta peregrinación, nos acompaña y nos sostiene”.
“¿En qué sentido la fe de María ha sido un camino? En el sentido de que toda su vida fue un seguir a su Hijo: él es la vía, él es el camino”.
El Santo Padre indicó que “progresar en la fe, avanzar en esta peregrinación espiritual que es la fe, no es sino seguir a Jesús; escucharlo y dejarse guiar por sus palabras; ver cómo se comporta él y poner nuestros pies en sus huellas, tener sus mismos sentimientos y actitudes: humildad, misericordia, cercanía, pero también un firme rechazo de la hipocresía, de la doblez, de la idolatría”.
“La vía de Jesús es la del amor fiel hasta el final, hasta el sacrificio de la vida; es la vía de la cruz”.
Por eso, explicó, “el camino de la fe pasa a través de la cruz, y María lo entendió desde el principio, cuando Herodes quiso matar a Jesús recién nacido”.
“Pero después, esta cruz se hizo más pesada, cuando Jesús fue rechazado: la fe de María afrontó entonces la incomprensión y el desprecio; y cuando llegó la ‘hora’ de Jesús, la hora de la pasión: la fe de María fue entonces la lamparilla encendida en la noche”.
El Papa señaló que “María veló durante la noche del sábado santo. Su llama, pequeña pero clara, estuvo encendida hasta el alba de la Resurrección; y cuando le llegó la noticia de que el sepulcro estaba vacío, su corazón quedó henchido de la alegría de la fe, la fe cristiana en la muerte y resurrección de Jesucristo”.
“Este es el punto culminante del camino de la fe de María y de toda la Iglesia. ¿Cómo es nuestra fe? ¿La tenemos encendida como María también en los momentos difíciles, de oscuridad? ¿Tengo la alegría de la fe?”
“Esta tarde, María, te damos gracias por tu fe y renovamos nuestra entrega a ti, Madre de nuestra fe”, concluyó.
9 de octubre de 2013 - Audiencia general del Papa Francisco
El Papa Francisco, rodeado de cientos de miles de fieles en la plaza de San Pedro, muchos españoles y latinoamericanos, que se refugiaban de la lluvia con sus paraguas pero asistían atentos a las palabras del pontífice, ha hablado en su catequesis de hoy de lo que significa que la Iglesia es Católica.
El Obispo de Roma nos ha recordado que así como en la familia cada uno recibe lo que necesita para crecer y madurar, en la Iglesia se nos da todo lo necesario para creer y vivir como cristianos. “La Iglesia es católica porque es la casa de la armonía. Es como una gran orquesta que sabe integrar la diversidad de cada elemento en la armonía de una sinfonía”. Pero “si hay habladurías, no hay armonía” y advirtió que la búsqueda forzada de la uniformidad “mata la vida de la Iglesia” y “los dones del Espíritu“.
El Santo Padre incidió en que los Católicos debemos crecer y caminar unidos, en comunidad, y no aislarnos. La Iglesia es, también, católica porque es universal y “no un grupo de elite“. “La Iglesia no está sola en la sombra de nuestro campanario, sino que abraza una vastedad de gentes, de pueblos que profesan la misma fe, que se alimentan con la misma Eucaristía, a quienes sirven los mismo pastores“. Todos en la Iglesia debemos sentirnos llamados a anunciar y dar testimonio de la fe. “Que todos nos dejemos guiar por el Espíritu Santo para que vivamos con verdadero espíritu católico nuestra pertenencia gozosa a la Iglesia“
En lo saludos de lengua árabe, el Papa Francisco invitó una vez más a rezar por la paz en Todo Oriente Medio: en Siria, Irak, Egipto, Líbano y Tierra Santa.
8 de octubre de 2013 - Homilia del Papa Francisco
Se reconoce a un cristiano porque sabe orar y sabe perdonar. La oración obra milagros siempre que no sea el resultado de algo mecánico sino cuando se hace con el corazón. Así lo señaló el Santo Padre esta mañana en su homilía en Santa Marta. El Papa Francisco se refirió a Marta de Betania que se quejaba de su hermana María porque solo contemplaba a Jesús y no se ocupaba de las tareas domésticas.
“A los ojos de su hermana estaba perdiendo el tiempo, también parecía tal vez un poco fantasiosa: mirar al Señor como si fuera una niña fascinada. Pero, ¿quién la quiere? El Señor: “Esta es la mejor parte”, porque María escuchaba al Señor y oraba con su corazón. Y el Señor un poco nos dice: ‘La primera tarea en la vida es esto: la oración’. Pero no la oración de palabra, como loros, sino la oración, el corazón: mirar al Señor, escuchar al Señor, pedir al Señor. Sabemos que la oración hace milagros [...]
Y Marta, ¿Qué hacía? ¡No oraba! Hay otros como el terco Jonás, que son los justicieros. Él iba, profetizaba, pero en su corazón, decía: ‘¡Pero se lo merecen. Se lo merecen. Se lo han buscado!’. ¡Él profetizaba, pero no oraba! No pedía perdón al Señor por ellos. Sólo los golpeaba. ¡Son los justicieros, aquellos que se creen que tienen la razón! Y al final – continúa el libro de Jonás – se ve que era un hombre egoísta, porque cuando el Señor salvó Nínive, por la oración del pueblo, él se molestó con el Señor: ‘¡Eres siempre así . Siempre perdonas! [...]
También nosotros cuando no oramos, lo que hacemos es cerrarle la puerta al Señor. Y no orar es esto: cerrar la puerta al Señor, para que Él no pueda hacer nada. En cambio, la oración, ante un problema, una situación difícil, a una calamidad es abrirle la puerta al Señor para que venga. Porque Él rehace las cosas, sabe arreglar las cosas, acomodar las cosas. Orar por esto: abrir la puerta al Señor, para que pueda hacer algo. ¡Pero si cerramos la puerta, el Señor no puede hacer nada! Pensemos en esta María que eligió la mejor parte y nos hace ver el camino, cómo se abre la puerta al Señor”
6 de octubre de 2013 - Angelus del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Ante todo quiero dar gracias a Dios por la jornada que viví anteayer en Asís. Pensad que era la primera vez que visitaba Asís y ha sido un gran don realizar esta peregrinación precisamente en la fiesta de san Francisco. Agradezco al pueblo de Asís la cálida acogida: ¡muchas gracias!
Hoy, el pasaje del Evangelio comienza así: «Los apóstoles le dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”» (Lc 17, 5). Me parece que todos nosotros podemos hacer nuestra esta invocación. También nosotros, como los Apóstoles, digamos al Señor Jesús: «Auméntanos la fe». Sí, Señor, nuestra fe es pequeña, nuestra fe es débil, frágil, pero te la ofrecemos así como es, para que Tú la hagas crecer. ¿Os parece bien repetir todos juntos esto: «¡Señor, auméntanos la fe!»? ¿Lo hacemos? Todos: Señor, auméntanos la fe. Señor, auméntanos la fe. Señor, auméntanos la fe. ¡Que la haga crecer!
Y, ¿qué nos responde el Señor? Responde: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería» (v. 6). La semilla de la mostaza es pequeñísima, pero Jesús dice que basta tener una fe así, pequeña, pero auténtica, sincera, para hacer cosas humanamente imposibles, impensables. ¡Y es verdad! Todos conocemos a personas sencillas, humildes, pero con una fe muy firme, que de verdad mueven montañas. Pensemos, por ejemplo, en algunas mamás y papás que afrontan situaciones muy difíciles; o en algunos enfermos, incluso gravísimos, que transmiten serenidad a quien va a visitarles. Estas personas, precisamente por su fe, no presumen de lo que hacen, es más, como pide Jesús en el Evangelio, dicen: «Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17, 10). Cuánta gente entre nosotros tiene esta fe fuerte, humilde, que hace tanto bien.
En este mes de octubre, dedicado en especial a las misiones, pensemos en los numerosos misioneros, hombres y mujeres, que para llevar el Evangelio han superado todo tipo de obstáculos, han entregado verdaderamente la vida; como dice san Pablo a Timoteo: «No te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios» (2 Tm 1, 8). Esto, sin embargo, nos atañe a todos: cada uno de nosotros, en la propia vida de cada día, puede dar testimonio de Cristo, con la fuerza de Dios, la fuerza de la fe. Con la pequeñísima fe que tenemos, pero que es fuerte. Con esta fuerza dar testimonio de Jesucristo, ser cristianos con la vida, con nuestro testimonio.
¿Cómo conseguimos esta fuerza? La tomamos de Dios en la oración. La oración es el respiro de la fe: en una relación de confianza, en una relación de amor, no puede faltar el diálogo, y la oración es el diálogo del alma con Dios. Octubre es también el mes del Rosario, y en este primer domingo es tradición recitar la Súplica a la Virgen de Pompeya, la Bienaventurada Virgen María del Santo Rosario. Nos unimos espiritualmente a este acto de confianza en nuestra Madre, y recibamos de sus manos el Rosario: el Rosario es una escuela de oración, el Rosario es una escuela de fe.
Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Ayer, en Módena, fue proclamado beato Rolando Rivi, un seminarista de esa tierra, Emilia, asesinado en 1945, cuando tenía 14 años, por odio a su fe, culpable sólo de llevar la sotana en ese período de violencia desencadenada contra el clero, que levantaba la voz para condenar en nombre de Dios las masacres de la inmediata posguerra. Pero la fe en Jesús vence el espíritu del mundo. Demos gracias a Dios por este joven mártir, heroico testigo del Evangelio. Muchos jóvenes de 14 años tienen hoy ante sus ojos este ejemplo: un joven valiente, que sabía dónde debía ir, conocía el amor de Jesús en su corazón y dio la vida por Él. Un hermoso ejemplo para los jóvenes.
Desearía recordar juntamente con vosotros a las personas que el jueves pasado perdieron la vida en Lampedusa. Recemos todos en silencio por estos hermanos y hermanas nuestros: mujeres, hombres, niños… Dejemos llorar a nuestro corazón. Recemos en silencio.
Saludo con afecto a todos los peregrinos, especialmente a las familias y a los grupos parroquiales. Saludo a los fieles de la ciudad de Mede, a los de Poggio Rusco, y a los jóvenes de Zambana y Caserta.
Un pensamiento especial para la comunidad peruana de Roma, que ha traído en procesión la sagrada imagen del Señor de los Milagros. Desde aquí veo la imagen, allí, en medio de la plaza. Saludemos todos al Señor de los Milagros, allí, en la plaza. Saludo a los fieles procedentes de Chile y al grupo Bürgerwache Mengen de la diócesis de Rottenburg-Stuttgart, de Alemania.
Saludo al grupo de mujeres venido de Gubbio, por la así llamada «Via Francigena Francescana»; saludo a los responsables de la Comunidad de San Egidio de diversos países de Asia —son buenos, estos de San Egidio—. Saludo a los donantes de sangre de ASFA de Verona y a los de AVIS de Carpinone, al consejo nacional de AGESCI, al grupo de jubilados del hospital Santa Ana de Como, al Instituto Canosiano de Brescia y a la Asociación «Misión Effatà».
Deseo a todos un feliz domingo. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!
4 de octubre de 2013 - ENCUENTRO CON LOS POBRES ASISTIDOS POR CÁRITAS
Tras una pausa en la iglesia de San Damián, el Papa acudió a la Sala de la Expoliación –donde san Francisco renunció a la riqueza para entregarse al Señor–, en el obispado de Asís, donde encontró a un grupo de pobres, desempleados e inmigrantes asistidos por Cáritas. Estás fueron las palabras que improvisó el Pontífice.
Ha dicho mi hermano obispo que es la primera vez, en 800 años, que un Papa viene aquí. En estos días, en los periódicos, en los medios de comunicación, se fantaseaba. «El Papa irá a despojar a la Iglesia, ¡allí!». «¿De qué despojará a la Iglesia?». «Despojará los hábitos de los obispos, de los cardenales; se despojará él mismo». Esta es una buena ocasión para hacer una invitación a la Iglesia a despojarse. ¡Pero la Iglesia somos todos! ¡Todos! Desde el primer bautizado, todos somos Iglesia y todos debemos ir por el camino de Jesús, que recorrió un camino de despojamiento, Él mismo. Se hizo siervo, servidor; quiso ser humillado hasta la Cruz. Y si nosotros queremos ser cristianos, no hay otro camino. ¿Pero no podemos hacer un cristianismo un poco más humano -dicen-, sin cruz, sin Jesús, sin despojamiento? ¡De este modo nos volveríamos cristianos de pastelería, como buenas tartas, como buenas cosas dulces! Muy bonito, ¡pero no cristianos de verdad! Alguno dirá: «¿Pero de qué debe despojarse la Iglesia?». Debe despojarse hoy de un peligro gravísimo, que amenaza a cada persona en la Iglesia, a todos: el peligro de la mundanidad. El cristiano no puede convivir con el espíritu del mundo. La mundanidad que nos lleva a la vanidad, a la prepotencia, al orgullo. Y esto es un ídolo, no es Dios. ¡Es un ídolo! ¡Y la idolatría es el pecado más fuerte!
Cuando en los medios de comunicación se habla de la Iglesia, creen que la Iglesia son los sacerdotes, las religiosas, los obispos, los cardenales y el Papa. Pero la Iglesia somos todos nosotros, como he dicho. Y todos nosotros debemos despojarnos de esta mundanidad: el espíritu contrario al espíritu de las bienaventuranzas, el espíritu contrario al espíritu de Jesús. La mundanidad nos hace daño. Es muy triste encontrar a un cristiano mundano, seguro -según él- de esa seguridad que le da la fe y seguro de la seguridad que le da el mundo. No se puede obrar en las dos partes. La Iglesia -todos nosotros- debe despojarse de la mundanidad, que la lleva a la vanidad, al orgullo, que es la idolatría.
Jesús mismo nos decía: «No se puede servir a dos señores: o sirves a Dios o sirves al dinero» (cf. Mt 6,24). En el dinero estaba todo este espíritu mundano; dinero, vanidad, orgullo, ese camino... nosotros no podemos... es triste borrar con una mano lo que escribimos con la otra. ¡El Evangelio es el Evangelio! ¡Dios es único! Y Jesús se hizo servidor por nosotros y el espíritu del mundo no tiene que ver aquí. Hoy estoy aquí con vosotros. Muchos de vosotros han sido despojados por este mundo salvaje, que no da trabajo, que no ayuda; al que no le importa si hay niños que mueren de hambre en el mundo; no le importa si muchas familias no tienen para comer, no tienen la dignidad de llevar pan a casa; no le importa que mucha gente tenga que huir de la esclavitud, del hambre, y huir buscando la libertad. Con cuánto dolor, muchas veces, vemos que encuentran la muerte, como ha ocurrido ayer en Lampedusa: ¡hoy es un día de llanto! Estas cosas las hace el espíritu del mundo. Es ciertamente ridículo que un cristiano -un cristiano verdadero-, que un sacerdote, una religiosa, un obispo, un cardenal, un Papa, quieran ir por el camino de esta mundanidad, que es una actitud homicida. ¡La mundanidad espiritual mata! ¡Mata el alma! ¡Mata a las personas! ¡Mata a la Iglesia!
Cuando Francisco, aquí, realizó aquel gesto de despojarse, era un muchacho joven, no tenía fuerza para esto. Fue la fuerza de Dios la que le impulsó a hacer esto, la fuerza de Dios que quería recordarnos lo que Jesús nos decía sobre el espíritu del mundo, lo que Jesús rogó al Padre, para que el Padre nos salvara del espíritu del mundo.
Hoy, aquí, pidamos la gracia para todos los cristianos. Que el Señor nos dé a todos nosotros el valor de despojarnos, pero no de 20 liras; despojarnos del espíritu del mundo, que es la lepra, es el cáncer de la sociedad. ¡Es el cáncer de la revelación de Dios! ¡El espíritu del mundo es el enemigo de Jesús! Pido al Señor que, a todos nosotros, nos dé esta gracia de despojarnos. ¡Gracias!
Al término del encuentro, pronunció las siguientes palabras:
Muchas gracias por la acogida. Rezad por mí, que lo necesito... ¡Todos! ¡Gracias!
Publicamos a continuación las palabras que el Papa Francisco había preparado para la ocasión y que entregó, dándolas por leídas:
Queridos hermanos y hermanas:
¡Gracias por vuestra acogida! Este lugar es un lugar especial, y por esto he querido hacer una etapa aquí, aunque la jornada está muy llena. Aquí Francisco se despojó de todo, ante su padre, el obispo y la gente de Asís. Fue un gesto profético, y fue también un acto de oración, un acto de amor y de confiarse al Padre que está en los cielos.
Con aquel gesto Francisco hizo su elección: la elección de ser pobre. No es una elección sociológica, ideológica, es la elección de ser como Jesús, de imitarle a Él, de seguirle hasta el fondo. Jesús es Dios que se despoja de su gloria. Lo leemos en san Pablo: Cristo Jesús, que era Dios, se despojó Él mismo, se vació Él mismo, y se hizo como nosotros, y en este abajamiento llegó hasta la muerte de cruz (cf. Flp 2,6-8). Jesús es Dios, pero nació desnudo, fue puesto en un pesebre, y murió desnudo y crucificado.
Francisco se despojó de todo, de su vida mundana, de sí mismo, para seguir a su Señor, Jesús, para ser como Él. El obispo Guido comprendió aquel gesto e inmediatamente se alzó, abrazó a Francisco y le cubrió con su manto, y fue siempre su ayuda y protector (cf. 1 Cel 15).
El despojamiento de san Francisco nos dice sencillamente lo que nos enseña el Evangelio: seguir a Jesús quiere decir ponerle en primer lugar, despojarnos de la muchas cosas que tenemos y que sofocan nuestro corazón, renunciar a nosotros mismos, tomar la cruz y llevarla con Jesús. Despojarnos del yo orgulloso y despegarnos del afán de tener, del dinero, que es un ídolo que posee.
Todos estamos llamados a ser pobres, despojarnos de nosotros mismos; y por esto debemos aprender a estar con los pobres, compartir con quien carece de lo necesario, tocar la carne de Cristo. El cristiano no es uno que se llena la boca con los pobres, ¡no! Es uno que les encuentra, que les mira a los ojos, que les toca. Estoy aquí no para «ser noticia», sino para indicar que éste es el camino cristiano, el que recorrió san Francisco. San Buenaventura, hablando del despojamiento de san Francisco, escribe: «Así, quedó desnudo el siervo del Rey altísimo para poder seguir al Señor desnudo en la cruz, a quien tanto amaba». Y añade que así Francisco se salvó del «naufragio del mundo» (LM 2,4).
Pero desearía, como pastor, también preguntarme: ¿de qué debe despojarse la Iglesia?
Despojarse de toda mundanidad espiritual, que es una tentación para todos; despojarse de toda acción que no es por Dios, no es de Dios; del miedo de abrir las puertas y de salir al encuentro de todos, especialmente de los más pobres, necesitados, lejanos, sin esperar; cierto, no para perderse en el naufragio del mundo, sino para llevar con valor la luz de Cristo, la luz del Evangelio, también en la oscuridad, donde no se ve, donde puede suceder el tropiezo; despojarse de la tranquilidad aparente que dan las estructuras, ciertamente necesarias e importantes, pero que no deben oscurecer jamás la única fuerza verdadera que lleva en sí: la de Dios. Él es nuestra fuerza. Despojarse de lo que no es esencial, porque la referencia es Cristo; la Iglesia es de Cristo. Muchos pasos, sobre todo en estas décadas, se han dado. Continuemos por este camino que es el de Cristo, el de los santos.
Para todos, también para nuestra sociedad que da signos de cansancio, si queremos salvarnos del naufragio, es necesario seguir el camino de la pobreza, que no es la miseria -ésta hay que combatirla-, sino saber compartir, ser más solidarios con quien está en necesidad, fiarnos más de Dios y menos de nuestras fuerzas humanas. Monseñor Sorrentino ha recordado la obra de solidaridad del obispo Nicolini, que ayudó a cientos de judíos escondiéndoles en los conventos, y el centro de selección secreto estaba precisamente aquí, en el obispado. También esto es despojamiento, que parte siempre del amor, de la misericordia de Dios.
En este lugar que nos interpela, desearía orar para que cada cristiano, la Iglesia, cada hombre y mujer de buena voluntad, sepa despojarse de lo que no es esencial para ir al encuentro de quien es pobre y pide ser amado. ¡Gracias a todos!
4 de octubre de 2013 - ENCUENTRO CON LOS NIÑOS DISCAPACITADOS Y ENFERMOS INGRESADOS EN EL INSTITUTO SERÁFICO
El primer encuentro del Papa Francisco durante la visita pastoral a Asís, el viernes 4 de octubre de 2013, fue con los niños y discapacitados del Instituto Seráfico. Respondiendo al saludo del alcalde y de la presidenta de la institución de acogida, el Pontífice improvisó el discurso que publicamos a continuación.
Nosotros estamos entre las llagas de Jesús, dijo usted, señora. Dijo también que estas llagas tienen necesidad de ser escuchadas, ser reconocidas. Y me viene a la memoria cuando el Señor Jesús iba de camino con los dos discípulos tristes. El Señor Jesús, al final, les mostró sus llagas y ellos le reconocieron. Luego el pan, donde Él estaba. Mi hermano Domenico me decía que aquí se realiza la Adoración. También este pan necesita ser escuchado, porque Jesús está presente y oculto detrás de la sencillez y mansedumbre de un pan. Aquí está Jesús oculto en estos muchachos, en estos niños, en estas personas. En el altar adoramos la Carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús oculto en la Eucaristía y Jesús oculto en estas llagas. ¡Necesitan ser escuchadas! Tal vez no tanto en los periódicos, como noticias; esa es una escucha que dura uno, dos, tres días, luego viene otro, y otro... Deben ser escuchadas por quienes se dicen cristianos. El cristiano adora a Jesús, el cristiano busca a Jesús, el cristiano sabe reconocer las llagas de Jesús. Y hoy, todos nosotros, aquí, necesitamos decir: «Estas llagas deben ser escuchadas». Pero hay otra cosa que nos da esperanza. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí es la Carne de Jesús; Jesús está presente entre vosotros, es la Carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas.
Pero es interesante: Jesús, al resucitar era bellísimo. No tenía en su cuerpo las marcas de los golpes, las heridas... nada. ¡Era más bello! Sólo quiso conservar las llagas y se las llevó al cielo. Las llagas de Jesús están aquí y están en el cielo ante el Padre. Nosotros curamos las llagas de Jesús aquí, y Él, desde el cielo, nos muestra sus llagas y nos dice a todos, a todos nosotros: «¡Te estoy esperando!». Que así sea.
Que el Señor os bendiga a todos. Que su amor descienda sobre nosotros, camine con nosotros; que Jesús nos diga que estas llagas son suyas y nos ayude a expresarlo, para que nosotros, cristianos, le escuchemos.
A continuación publicamos las palabras que el Papa Francisco había preparado para esta ocasión y que entregó dándolas por leídas.
Queridos hermanos y hermanas:
Quiero iniciar mi visita a Asís con vosotros. ¡Os saludo a todos! Hoy es la fiesta de san Francisco, y yo elegí, como Obispo de Roma, llevar su nombre. He aquí el motivo por el cual hoy estoy aquí: mi visita es sobre todo una peregrinación de amor, para rezar ante la tumba de un hombre que se despojó de sí mismo y se revistió de Cristo; y, siguiendo el ejemplo de Cristo, amó a todos, especialmente a los más pobres y abandonados, amó con estupor y sencillez la creación de Dios. Al llegar aquí a Asís, en las puertas de la ciudad, se encuentra este Instituto, que se llama precisamente «Seráfico», un sobrenombre de san Francisco. Lo fundó un gran franciscano, el beato Ludovico de Casoria.
Y es justo partir de aquí. San Francisco, en su Testamento, dice: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecado, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Test 1-3).
La sociedad, lamentablemente, está contaminada por la cultura del «descarte», que se opone a la cultura de la acogida. Y las víctimas de la cultura del descarte son precisamente las personas más débiles, más frágiles. En esta Casa, en cambio, veo en acción la cultura de la acogida. Cierto, incluso aquí no será todo perfecto, pero se colabora juntos por la vida digna de personas con graves dificultades. Gracias por este signo de amor que nos ofrecéis: éste es el signo de la verdadera civilización, humana y cristiana. Poner en el centro de la atención social y política a las personas más desfavorecidas. A veces, en cambio, las familias se encuentran solas al hacerse cargo de ellas. ¿Qué hacer? Desde este lugar donde se ve el amor concreto, digo a todos: multipliquemos las obras de la cultura de la acogida, obras animadas ante todo por un profundo amor cristiano, amor a Cristo Crucificado, a la carne de Cristo, obras en las que se unan la profesionalidad, el trabajo cualificado y justamente retribuido, con el voluntariado, un tesoro precioso.
Servir con amor y con ternura a las personas que tienen necesidad de tanta ayuda nos hace crecer en humanidad, porque ellas son auténticos recursos de humanidad. San Francisco era un joven rico, tenía ideales de gloria, pero Jesús, en la persona de aquel leproso, le habló en silencio, y le cambió, le hizo comprender lo que verdaderamente vale en la vida: no las riquezas, la fuerza de las armas, la gloria terrena, sino la humildad, la misericordia, el perdón.
Aquí, queridos hermanos y hermanas, quiero leeros algo personal, unas de las más bellas cartas que he recibido, un don de amor de Jesús. Me la escribió Nicolás, un muchacho de 16 años, discapacitado de nacimiento, que vive en Buenos Aires. Os la leo: «Querido Francisco: soy Nicolás y tengo 16 años; como yo no puedo escribirte (porque aún no hablo, ni camino), pedí a mis padres que lo hicieran en mi lugar, porque ellos son las personas que más me conocen. Te quiero contar que cuando tenía 6 años, en mi Colegio que se llama Aedin, el padre Pablo me dio la primera Comunión y este año, en noviembre, recibiré la Confirmación, una cosa que me da mucha alegría. Todas las noches, desde que tú me lo has pedido, pido a mi ángel de la guarda, que se llama Eusebio y que tiene mucha paciencia, que te proteja y te ayude. Puedes estar seguro de que lo hace muy bien porque me cuida y me acompaña todos los días. ¡Ah! Y cuando no tengo sueño... viene a jugar conmigo. Me gustaría mucho ir a verte y recibir tu bendición y un beso: sólo esto. Te mando muchos saludos y sigo pidiendo a Eusebio que te cuide y te dé fuerza. Besos. Nico».
En esta carta, en el corazón de este muchacho está la belleza, el amor, la poesía de Dios. Dios que se revela a quien tiene corazón sencillo, a los pequeños, a los humildes, a quien nosotros a menudo consideramos últimos, incluso a vosotros, queridos amigos: este muchacho cuando no logra dormir juega con su ángel de la guarda; es Dios que baja a jugar con él.
En la capilla de este Instituto, el obispo ha querido que se tenga la adoración eucarística permanente: el mismo Jesús que adoramos en el Sacramento, le encontramos en el hermano más frágil, de quien aprendemos, sin barreras y complicaciones, que Dios nos ama con la sencillez del corazón.
Gracias a todos por este encuentro. Os llevo conmigo, en el afecto y en la oración. Pero también vosotros rezad por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen y san Francisco os protejan.
Tras dejar la capilla, el Santo Padre, se asomó a una ventana y dirigió las siguientes palabras a las personas que estaban en el exterior del edificio.
¡Buenos días! Os saludo. Muchas gracias por todo esto. Rezad por todos los niños, los muchachos, las personas que están aquí, por todos los que trabajan aquí. Por ellos. ¡Muy bonito! Que el Señor os bendiga. Rezad también por mí, pero siempre. Rezad a favor, no en contra. Que el Señor os bendiga.
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